Aunque a simple vista podría considerarse censurable presentar una imagen desnuda de mí mismo, la verdad es que nunca he percibido mi propio cuerpo de una manera llamativamente sexual. Tampoco he sentido la necesidad de mostrarme así, como si fuera un gesto de sinceridad o autoafirmación.
Mi mirada —y también mi trabajo— siempre han sido más bien la de un espectador, casi como un observador voyerista, alguien que contempla desde la distancia. Aquellos que me conocen suelen asociarme con el mundo de la moda, el retrato publicitario, y con una imagen personal seria, conservadora, equilibrada en acciones y actitudes.
Mi educación y entorno religioso reforzaron esa contención, limitando durante mucho tiempo la expresión libre de mis intereses más mundanos.
Sin embargo, existe en mí otra faceta, menos visible, donde me permito adentrarme en el terreno del desnudo y los fetiches sexuales. Una parte de mí que disfruta explorando en los otros —y también en mí mismo— esos espacios de fantasía erótica y desinhibición, en los que el cuerpo y el deseo adquieren otra dimensión, lejos de los preceptos de control o censura.
En la vastedad de las aguas, tres pescadores desnudos en sus distintas escenas, se erigen como figuras etéreas, despojadas de lo superfluo. Sus cuerpos son lienzos que reflejan el caos y la armonía de la vida en las aguas. En un instante, el mundo se reduce a su presencia, mientras el minimalismo resalta la belleza sublime del momento.
Las aguas son una sinfonía de sonidos que encarna la lucha y la serenidad de la supervivencia. La cámara captura esta dualidad: en su desnudez, la fragilidad humana; en su conexión con lo natural, la eterna búsqueda de equilibrio. Cada imagen es un recordatorio de que, incluso en la desolación, puede existir una profunda belleza.
Este tríptico habita un espacio liminal. Entre la piel que muda, el deseo que no encaja y los rituales que no se ven. Un tránsito entre lo íntimo y lo simbólico, entre lo impuesto y lo sentido. La tensión no se resuelve: se revela. El cuerpo se vuelve umbral. Territorio. Pregunta. “Piel que muda” “Ni uno ni otro” “Rito de lo invisible”
Estar cerca o lejos, en la luz o en la oscuridad no solo se da en los estados físicos, las emociones también nos hacen deambular en esos límites… Esta es la frágil y transitoria mirada desde lo liminal.
En el silencio, donde lo profano cede. Un juramento de luz teje su invisible atadura. Dos seres extraños se encuentran, cruzan sus miradas en silencio en la solemnidad de un voto primordial el reloj se detiene la ciudad se detiene un pacto que revuelve sus intestinos escarban en su pecho vacío en búsqueda del fuego esencial dos almas profanas que son capaces de lamer sus heridas más allá una promesa luminosa de unión.