El concepto de dualidad en todas las artes es uno de los motores creativos más potentes que existen. Funciona como un diálogo visual entre dos fuerzas, ideas o elementos opuestos que coexisten dentro de una misma obra. No se trata solo de poner dos cosas juntas, sino de cómo su tensión o su armonía transforman el significado de la pieza.
En lugar de anularse, los opuestos se necesitan mutuamente para adquirir sentido. Aquí propongo trabajar bajo estás premisas desde la disciplina que deseen desarrollar: Fotografía, fotocomposición, escultura, pintura, cerámica, danza, performance, arte digital, video arte.
Toda presencia nace de una ausencia.
Entre el ser y la nada no existe una oposición, sino un tránsito. La identidad no es un estado fijo: es una construcción frágil que se transforma con cada experiencia, cada deseo y cada pérdida.
La materia cambia, el fuego deja huellas y aquello que parecía consumirse revela nuevas posibilidades. Nada permanece intacto, pero tampoco desaparece por completo. Toda transformación conserva la memoria de lo que fue.
Esta obra entiende el cuerpo como un territorio donde la vulnerabilidad y el deseo conviven. No busca representar una certeza, sino habitar ese instante en el que algo deja de existir para permitir que otra presencia emerja.
Ser y nada no se excluyen. Se necesitan mutuamente para recordarnos que incluso el vacío puede convertirse en origen.
A primera vista, ambos cuerpos comparten una misma anatomía y una misma desnudez. Sin embargo, el abrazo revela una diferencia esencial: uno está habitado por la experiencia, el deseo y la conciencia; el otro conserva únicamente la apariencia del cuerpo humano. La obra explora la dualidad entre el Ser y la Nada, cuestionando si la existencia se define por la forma física o por la capacidad de sentir. El erotismo no aparece aquí como un acto de posesión, sino como un intento de establecer un vínculo con aquello que, aunque semejante, permanece inalcanzable. En ese abrazo imposible, la fotografía convierte al cuerpo en un territorio donde la presencia y la ausencia conviven simultáneamente
El ser y la nada. Pulsión de vida y auto-disolución. Dos casi cuerpos sin brazos, sin ojos, en círculo, comiéndose los pies. Son un ser incompleto que existe a partir de la ausencia de sus límites. Son una contradicción. Significado. Cuerpos completos e incompletos. Significante. Palabras. Nombrarse para no desvanecerse. Pero la palabra no está tatuada en la carne.
Desde el punto de vista conceptual, la obra es un diálogo directo entre dos de las pulsiones humanas más estudiadas en el arte: Eros (el deseo, la vida, la belleza del cuerpo) y Tánatos (la muerte, la decadencia).
Todo comenzó desde la dualidad del Ser/Nada, pero terminó, concluyendo con todas la dualidades del ejercicio: Razón/Emoción, Espacio/Tiempo, Verdad/Mentira, Utopía/Distopía.
Obra inspirada en la pintura «Éxtasis de San Lucas» 2026 del artista polinesio Lucasz Lejas en la composición se lograron qué elementos individuales realistas pierdan su identidad propia al ser observados en conjunto, transformando una reflexión en metamorfosis en la que una forma termina siendo otra
Entre la razón y la carne
Las páginas impresas representan la razón: el lenguaje, el conocimiento y las estructuras que intentan dar orden al mundo. Sobre ellas, el cuerpo desnudo aparece mediante gestos rápidos e incompletos, respondiendo al impulso, la memoria y la emoción. El erotismo en esta serie no surge de la representación del desnudo, sino de la tensión entre un cuerpo que siente y un lenguaje que intenta contenerlo.
Fichas técnicas
Marco Caridad
Página 35, 2026
Lápiz sobre página del libro Thumbs Up de Millie Dickson
6 × 9 ¼ in (15.2 × 23.5 cm)
Marco Caridad
Página 45, 2026
Lápiz sobre página del libro Thumbs Up de Millie Dickson
6 × 9 ¼ in (15.2 × 23.5 cm)
Marco Caridad
Página 49, 2026
Lápiz sobre página del libro Thumbs Up de Millie Dickson
6 × 9 ¼ in (15.2 × 23.5 cm)
En esta obra trabajo la dualidad entre el espacio y el tiempo como dos dimensiones que se encuentran y se transforman mutuamente. El cubo representa el espacio: una forma concreta, rígida y mensurable, que puede ser ocupada, sostenida y desplazada. El cuerpo, en cambio, introduce el movimiento y el paso del tiempo, mostrando cómo toda presencia física cambia, se adapta y deja rastros.
Las distintas apariciones del modelo no representan instantes separados, sino un mismo cuerpo atravesado por diferentes momentos. Las figuras se superponen, se expanden y se desdibujan, haciendo convivir pasado, presente y futuro dentro de una única imagen. El espacio contiene y condiciona al cuerpo, mientras que el tiempo modifica su forma y nuestra percepción. Ambos conceptos se fusionan así en una escena donde lo estable y lo transitorio conviven, construyendo una experiencia común.
El hombre-toro explora la eterna tensión y dualidad entre el instinto animal y la razón humana, la fuerza bruta y la ternura, el deseo y la contención. En las tres imágenes aparentemente estáticas, la cámara captura la textura de la piel y la tensión muscular de un hombre «Toro». En el encuadre y superposición de imágenes, hay una profunda sensualidad que surge de la vulnerabilidad de un cuerpo expuesto, del deseo también de exponerse y negarse.
En el videoarte se expande esta experiencia al otorgarle voz y movimiento. a ese deseo de ser expuesto, oculto, y contenerse.
En toda unión conviven dos relatos
Uno se muestra como verdad. El otro permanece en silencio.
Las camelias transitan entre ambas realidades, revelando que amor y herida, presencia y ausencia, confianza y engaño, no son estados sucesivos sino fuerzas que coexisten dentro de un mismo vínculo.
La dualidad emerge cuando aquello que parecía una sola historia deja ver su otra naturaleza.
Lo opuesto no llega desde afuera: estaba allí desde el principio.
Para este ejercicio recurro a uno de los fundamentos propuesto para el reto sobre la dualidad. Desde la dicotomía Verdad/Mentira y apoyándome en el concepto del art to wear, creo un collar con diseño clásico de inspiración cortesana, en la que incluyo imágenes de prácticas de BDSM. Sobre una pieza que esta hecha para llamar la atención siendo exhibida en el cuello, intervengo con un universo visual cuestionable desde el punto de vista moral para cuestionar la doble moral acerca de las prácticas eróticas de las cuales se habla en voz baja por temor a la censura. Es así como interpreto una verdad que para muchos, suele comentarse desde el discurso de la mentira por desconocimiento o por creencias moralistas que cuestionan a sus practicantes.
Inspirada en la pieza de 1898. La ilustración presenta a la verdad que emerge de las profundidades y desafía con firmeza un entorno que intenta retenerla. En un presente donde la mentira también se exhibe sin pudor, la crudeza de su desnudez no es lo que incomoda; lo amenazante radica en su inquietante ambigüedad.
La penumbra envuelve los hombros como el manto oscuro de una Madonna de Da Vinci o Rafael, donde el claroscuro no es sólo luz, sino el peso del silencio. No hay oro ni aureolas; la sacralidad se ha trasladado a la carne desprotegida, a la piel que se expone con la misma gravedad contenida de un lienzo del Cinquecento.
En el pecho, las aves oscuras no vuelan: son grabados antiguos, heráldica de un tránsito interno. Evocan aquel misticismo renacentista donde el dolor de la pérdida y la promesa de la anunciación conviven en el mismo gesto. La mano, posada sobre el pecho con la delicadeza de quien sostiene un secreto o una llaga invisible, repite el código visual de las antiguas tablas devocionales: una reverencia hacia el propio templo que se habita.
El rostro se aparta de la luz directa, buscando la mirada baja y el recogimiento de las figuras sagradas que aceptan su destino. La barba, un cúmulo de nieve y ceniza, es el testimonio del invierno que precede a la mutación. Es el retrato de un cuerpo que, al igual que los frescos rescatados del polvo, se desprende de su antigua piel para inaugurar, en el recogimiento de su propia sombra, un nuevo orden.