Este reto propone abordar el erotismo masculino desde la estética kitsch, incorporando el exceso, la ornamentación, el color, el humor y la acumulación como recursos expresivos. La invitación es trabajar con aquello que suele considerarse exagerado, popular o de “mal gusto”, resignificándolo dentro de una propuesta artística.
El desafío está en llevar el deseo hacia un territorio menos solemne y más ambiguo, donde pueda ser celebrado, cuestionado, transformado o incluso ridiculizado. Más que construir una imagen simplemente provocadora, se busca generar una obra en la que erotismo y kitsch dialoguen para producir nuevos sentidos.
A las diez de la noche, mi living se transforma en un escenario donde puedo ser quien realmente soy. Semidesnudo, rodeado de objetos kitsch, colores, brillos y pequeños excesos, habito un universo que he construido a mi medida. Aquí no necesito representar ningún personaje ni responder a las expectativas de nadie. Mi cuerpo se vuelve protagonista de una intimidad que mezcla humor, erotismo y fantasía. Las 22:00 marcan el comienzo de mi propio horario adulto: ese momento en que me siento libre, cómodo, deseado y profundamente vivo.
El ejercicio toma como referencia el servicio de reparto. La escena nos sugiere un trayecto interrumpido, un suceso estacional que nos revela el cruce entre naturaleza y artificialidad, donde los objetos personales conviven con los de consumo y figuran como testigos silenciosos de un aparente encuentro.
Un vínculo, muchas formas de vincularse. Flores, besos, caricias, lamidas, palabras, olores, colores. Todo cuenta, todo importa. Lo mires por donde lo mires, te quiero.
Técnica: óleo sobre papel, montado sobre tubos y plataforma de cartón.
1-4: bocetos y diseño
5-10: perspectivas de la obra
En mi ciudad, todos los de mi generación, estamos familiarizados con el frutero de cerámica que se usaba como centro de mesas en el comedor. Este elemento, junto con las muñecas para el papel higiénico, eran los accesorios más kitsch de los hogares. Mi obra, que lleva por título «Frutero sin moscas» es una reinterpretación de este elemento, pero esta vez las frutas están hechas de condones y posan en la cabeza de un vendedor de frutas queer que tienen una mordaza sado en la boca (este personaje es la intervención de una cerámica comprada en una tienda de baratijas). Los colores, la reutilización y el uso de materiales como escarcha, piedras brillantes y cadena, le agregan todo ese elemento kitsch que exigía el reto. Quise llamarlo frutero sin moscas por dos razones, uno: porque evidentemente son frutas artificiales y dos: por el dicho «En Boca cerrada no entran moscas» y habla acerca de la censura de lo erótico y las fantasías que no se pueden contar.
¿Y si lo sagrado también pudiera draguearse?
A través del kitsch, el artificio y la ornamentación, el Sagrado Corazón se transforma en una imagen que transita entre devoción, deseo y representación. Una apropiación que desplaza los límites de lo solemne y reivindica el cuerpo masculino como territorio de expresión, sensibilidad y erotismo.
Porque el corazón, incluso cuando se cubre de brillo, sigue latiendo. Y no todo lo que se considera sagrado está libre de deseo.
El brillo tornasol azul/plateado, los clavos, las mariposas entejueladas, las espinas escarchadas y, por supuesto, el cuerpo del lenguaje. Este libro, con refuerzo posterior y un amarre absurdo, nos invita a preguntarnos: ¿qué tan complicado puede ser reconocer nuestras vulnerabilidades?
2026
Técnica mixta
15 x 3,5 x 22 cm
No todas las flores nacen inocentes. Algunas brotan del deseo, tienen piel, espinas y secretos que arden. Este racimo es un jardín de tentaciones, donde la masculinidad florece sin pudor, entre cuerpos que seducen y placeres que se niegan a marchitarse. Aquí lo sagrado coquetea con lo prohibido, lo cursi se vuelve provocación y el exceso se convierte en libertad. Mi kitsch es un altar al deseo, una fiesta de colores, carne y sentimientos desbordados. Porque hay flores que no se regalan, se desean. Y hay pecados tan bonitos que merecen florecer.
Pinokitsch transforma la clásica marioneta de madera en un objeto de deseo contemporáneo, desde una estética kitsch que establece un diálogo con la obra de Jeff Koons.
Al reemplazar la madera artesanal por superficies pulidas e incorporar elementos de la estética leather, el personaje se desplaza del imaginario infantil. La figura explora la tensión entre el juguete y el fetiche, transformando el imaginario de la inocencia en una representación sobre la masculinidad, el erotismo y el consumo.
Pinocho quería convertirse en un niño de verdad.
Pinokitsch celebra su condición de artificio.
La Diablada de Píllaro es una fiesta de año nuevo en Tungurahua, Ecuador. Su origen se remonta a la época de la hacienda: los trabajadores indígenas que abrían paso a los bailes de los hacendados terminaron disfrazándose de diablos, y ese disfraz se volvió, con los años, gesto de rebeldía frente al poder colonial y la Iglesia católica. El capariche es uno de los personajes del desfile: el encargado histórico de barrer la calle por donde pasaría la fiesta, el cuerpo trabajador puesto al servicio del espectáculo ajeno.
«El capariche barrió la calle para la fiesta del hacendado: cuerpo invisible, instrumento de paso. Hoy no barre para nadie. Frente a una derecha que declara conflicto armado interno y persigue activistas, no pelea por la corona: la deja sobre las plantas de la bebida de muertos de Ecuador — sangorache, hierba luisa, ishpingo, frutos de sierra, costa y Amazonía — barrera ante un ejército que se vuelve diminuto. Escondidos entre los arbustos, Naruto, estratega contemporáneo, desterrado y necesitado luego por su pueblo, y Groot, que renace siempre como las luchas. Capariche, marica, obrero, sin cara, monumento. Ya no limpia el paso: ocupa«
En un relicario de oro
descansa una mano, pálida y serena,
un fetiche capturando un gesto eterno.
No es carne, es souvenir,
una reliquia del deseo
que se aferra a un pasado
que nunca fue del todo real.
flores de un jardín
un bosque que esconde secretos familiares tan íntimo,
que evoca recuerdos de comedores olvidados
y tardes de lluvia compartidas.
De su muñeca brota un torrente de sangre y pasión,
que se entrelaza con ríos de sol y de miel.
Es la maraña de una relación,
un laberinto de tacto y de ausencia,
donde el amor se enreda,
Cada hilo es un roce, una caricia,
una promesa que se teje y se destiñe,
una huella efímera que queda en el aire.
no es un retrato, es un espejo.
Refleja la fragilidad de un vínculo,
la belleza de lo imperfecto,
la nostalgia de un tacto que se desvanece
pero que persiste en la memoria.
Es un himno a la sensualidad de lo efímero,
a la poesía oculta en lo cotidiano,
donde un enredo de hilos
revela el poder eterno de un roce.
Siente el tacto de un amor que se enreda,
que se desvanece,
pero que persiste en el enredo del tiempo.
Inspirada en las habitaciones de espejos de Yayoi Kusama, esta obra crea un jardín infinito dentro de una caja octagonal. Los espejos multiplican flores en miniatura hasta el vértigo. Habitan allí figuras masculinas desnudas que son una alegoría a la Venus con cabeza de rosas de Dalí. Esos cuerpos tensionan el arquetipo de la masculinidad e invierten la mirada tradicional. El título dialoga con el tríptico de El Bosco. Su singularidad está en fusionar infinito, deseo, romanticismo y botánica en una escala íntima, convirtiendo el erotismo en un paraíso contemplativo y personal.
A partir de materiales reciclados nace este kit del Santo Falo Alado: una construcción iniciada en una maleta de vinos, transformada en altar portátil. La arcilla y la resina protagonizan una escultura inspirada en los antiguos tributos de Pompeya, rodeada de objetos destinados a la petición y el deseo. La obra, de espíritu kitsch, articula color, textura y forma en una composición exuberante, donde lo sagrado y lo profano dialogan con ironía, teatralidad y una belleza deliberadamente excesiva.
El premio se alza con un orgullo desafiante y una pizca de vanidad. Se erige sobre una tarima que destella hasta el desquicio con materiales de descarte, encontrados en la basura. Es un reconocimiento al hacer y a atreverse a ser con placer y picardía, a pesar de la insistencia de ciertas condiciones castradoras que exigen lo contrario.
Materiales: Fotoperformance y escultura hecha con un ensamblaje de jaula peneana, gancho de metal con forma de corazón, madera, cartón y paquetes de galletitas y golosinas.
Medidas: 30 x 10 x 10 cm.
Instalación objetual y sonora que aborda la problemática del cyberflashing y el acoso digital contemporáneo. Todo a través de una estética kitsch que evoca una falsa inocencia infantil, pues la pieza esconde un mensaje hostil. En su interior, una corneta emite un bucle estridente de señal de audio SSTV, que al decodificarse, revela una imagen oculta: un exhibicionista. De esta forma, la obra utiliza la arqueología de los medios para replicar la experiencia forzada e intrusiva de recibir material sexual no solicitado, obligando al espectador a convertirse en una víctima consentida dentro de un entorno controlado.