Circulo de Arte Erótico Latinoamericano

Reto 54

Enero 2026

Seres mitológicos

Este reto propone pensar el cuerpo masculino como una criatura mitológica atravesada por lo latinoamericano, lo erótico, lo político y lo sagrado. La invitación es explorar cuerpos híbridos, ambiguos, excesivos o mutantes, entendidos como territorios donde conviven lo humano, lo animal y lo espiritual, y donde el deseo aparece como fuerza ritual, energía vital y potencia transgresora.

Tomando como punto de partida mitologías precolombinas, afrocaribeñas o sincréticas, la propuesta busca releer esos universos desde una mirada contemporánea, disidente y libre. No se trata de representar mitos de manera fiel, sino de imaginar seres nuevos o reinterpretados: cuerpos queer, urbanos, migrantes, nocturnos, heridos o deseantes, capaces de encarnar otras formas de belleza, poder y existencia.

Gino Bidart

Tupinánba de cola pelada, ese es el nombre científico de aquel animal que apareció la noche del 5 de noviembre de 1952 en la estancia » ipé colorado» de Don Aquilino Fagundez en la frontera con Brasil. El bicho brillaba en la noche iluminando los eucaliptos como si fuera un relámpago. Mitad perro, mitad hombre y con su luminiscencia enloquecía a los paisanos del lugar y les regalaba una noche de pleno placer. Dicen que vuelven en las noches de luna llena.

Leandro Giménez

Ame Yára Mboi, Tekove Mondaha

(Señora serpiente de la lluvia, ladrona de fuerza vital)

Esta criatura está inspirada en varios aspectos de los seres mitológicos latinoamericanos.

Es un ser de la mitología guaraní, híbrido entre humano y serpiente que se nutre de la fuerza vital (sangre y semen) de hombres cis adúlteros y abusadores. Estos hombres son dados como sacrificios a Ame Yará Mboi, que succiona su vitalidad a través del pene. Esta zona del chacra 1 cuenta con mayor vigor especialmente en personas abusadoras que tienen una pulsión sexual predominante, por eso son sacrificados. En respuesta, Ame Yára Mboi nutre las tierras con lluvias abundantes, succiona y devuelve vida.

Feder Parra

En el latido profundo de la Guajira, la existencia no es una línea, sino un tejido donde los hilos de lo sagrado se anudan para sostener el mundo. Todo comienza y termina en el aliento de Maleiwa, el gran alfarero que no solo moldeó el barro del primer hombre, sino que estableció el lenguaje con el que las deidades se hablan entre sí. Él es el silencio previo a la tormenta y la sabiduría que permite que la fuerza conviva con la mansedumbre; es el tronco común de donde brotan las ramas del tiempo.

De su pensamiento nace la soberanía de Ka’í, el Sol, quien desde lo alto impone el ritmo de la vigilia y el rigor de la justicia. Pero el Sol, en su fuego solitario, no podría sostener la vida sin su contraparte necesaria: el errante Juya. Es en la tensión amorosa entre ellos donde el desierto encuentra su equilibrio. Mientras Ka’í observa con su ojo de oro, Juya desciende como un amante impetuoso, un cazador de nubes que fecunda la tierra para que la obra de Maleiwa no se convierta en ceniza. Son hermanos y rivales, luz que quema y agua que salva, una dualidad que danza sobre la arena agrietada para recordarnos que la fertilidad nace siempre de la resistencia.

Sin embargo, este diálogo entre el cielo y la lluvia no estaría completo sin la presencia de Wanülüü, la sombra que acecha en los pliegues de la creación. Wanülüü no es el final del tejido, sino el reverso indispensable de la luz de Ka’í y la vitalidad de Juya. Es el recordatorio de que todo lo que nace del barro de Maleiwa debe, eventualmente, conocer el misterio de la transformación. Su energía, fría como el rayo lunar, equilibra la balanza: donde hay vida, hay límite; donde hay sol, hay umbral. Las deidades se entrelazan así en una familia de fuerzas elementales: Maleiwa pone la estructura, Ka’í el orden, Juya la semilla y Wanülüü el misterio de la transmutación. Juntos, no son figuras distantes, sino la sangre misma que corre por las venas de la tierra, un solo espíritu que respira a través del viento, la sed y la esperanza eterna del pueblo Wayuu.

Gabriela Kostesky

El Fedpa, es un duende de la floresta de Venezuela,  que habita en sus profundidades .

 Aparece en la nochecita, y con su semen  deb

 Tinta china rosada hace nacer flores de papel de distintos colores. FEDPA fue engendrado de la mezcla del Dios papel y  de la madre tinta China y por eso su imagen parece rasgada o salida de  un collage.

Fotografía de Rod

El Pombero: Irrumpe

Inspirado en la mitología guaraní del Pombero, este trabajo propone el cuerpo masculino como aparición nocturna, fuerza sexual y resto ritual. El deseo se manifiesta como energía en circulación: irrumpe, atraviesa y permanece en el tiempo de la imagen. El cuerpo se afirma desde su presencia, encarna un estado y accede al trance como forma de experiencia. En el cruce entre lo sagrado y lo desviado, la obra activa una lectura donde el mito opera como estructura viva, capaz de sostener sentidos por fuera de la norma. El cuerpo deviene signo, acción y memoria. 

Oscar Milano

Tríptico alegórico a la Pachamama

Este tríptico fotográfico propone una lectura contemporánea de la Pachamama como matriz viva, territorio sensible y cuerpo en permanente transformación. Lejos de una representación paisajística o simbólica literal, la obra articula una correspondencia directa entre el cuerpo masculino desnudo y los procesos vitales de la tierra, estableciendo un diálogo entre cosmovisión andina y tradición visual occidental.

Cada panel funciona como una naturaleza muerta expandida, donde el cuerpo no es figura central jerárquica, sino superficie activa, soporte y paisaje. La piel dialoga con la tierra; el vello evoca la vegetación que brota y se expande; mientras que el placer —sutil, contenido, no narrativo— se presenta como potencia germinativa, posibilidad de renacimiento.

Los frutos de la tierra acompañan al cuerpo sin función decorativa. Su presencia activa una iconografía clásica —abundancia, temporalidad, fragilidad— que, al ser desplazada al contexto del desnudo contemporáneo, tensiona la noción de fertilidad desligándola de la reproducción y vinculándola al deseo, la humedad y el ciclo.

El tríptico se estructura como un ritmo visual: La Pachamama no aparece representada: se manifiesta en la materialidad del cuerpo, en su vulnerabilidad y en su capacidad de contener vida, desgaste y goce simultáneamente.

Marco Caridad

(Venezuela / Estados Unidos)

La paradoja del gallo, 2026

Videoarte / performance (Fotogramas)
Lugar de realización: Playa Negra, Vieques, Puerto Rico

En esta obra, Marco Caridad desarrolla una mitología contemporánea a partir del cuerpo y el territorio. Realizada en Playa Negra, Vieques, Pto. Rico, la acción performativa transforma la figura del gallo —símbolo de la masculinidad— en un cuerpo híbrido y vulnerable. Cubierto de arena volcánica, el artista utiliza el movimiento y la ironía para cuestionar las etiquetas que definen la identidad, el género y la pertenencia. La pieza forma parte de su investigación sobre el artista contemporáneo como un ser en constante metamorfosis.

Erlen Zerpa

María Lionza: Un Cuento Onírico de Belleza y Resiliencia en Venezuela

 

En un rincón recóndito del tiempo, donde los sueños se entrelazan con la historia, surge la figura monumental de María Lionza, la Diosa de Diosas. Fue Alejandro Colina, un artista venezolano cuyo talento y visión transformaron una percepción cultural en una escultura vibrante. En 1951, con la creación de este pebetero monumental para los Juegos Bolivarianos, Colina no solo aportó una obra de arte; dio vida a un emblema que representaría el sentir más puro del pueblo venezolano.

 

La escultura, una mujer desnuda montada dignamente sobre una danta, se erguía como símbolo de fertilidad y de la “V” de Venezuela. Su esencia evocaba la conexión entre la naturaleza y el ser humano, una comunión sagrada que resuena profundamente en la identidad venezolana. Este monumento se convirtió en parte del paisaje de la Universidad Central de Venezuela, sede de los juegos, y su presencia era tan imponente que, para muchos, su significado trascendía lo artístico, tocando las fibras del alma nacional.

 

Sin embargo, la sombra del tiempo y de la política oscureció su brillo. En 1985, con la visita del Papa Juan Pablo II, se decidió que la escultura debía ser retirada. Una figura así, que representaba la libertad y la fuerza de un pueblo, chocaba con una imagen contraria al catolicismo. Desde entonces, el destino de María Lionza ha sido un viaje errante, reflejo del camino sinuoso que ha recorrido el país. Luego de ser trasladada a la autopista, su figura se convirtió en un faro para los que transitaban, un recordatorio de que, a pesar de los sufrimientos, la esencia venezolana seguía viva.

 

Años después, el régimen dictatorial, expresado desde la magia negra, prometía una supuesta restauración y decidieron retirarla nuevamente, llevándola a la UCV una vez más. Sin embargo, una noche fatídica, la escultura desapareció en un susurro de sombras, como si el mismo país quisiera ocultar su tributo a la fortaleza de su gente. Pero, como una leyenda que se niega a morir, re emergió en Chivacoa, Yaracuy, reivindicando su papel en la narrativa de Venezuela.

 

Así, María Lionza ha experimentado tantos cambios como el propio país. Ella es un espejo que refleja las luchas y resiliencias de su gente, de una patria que ha padecido las adversidades y, aun así, resiste. A medida que nos adentramos en el 2026, enfrentamos momentos difíciles, pero la diosa permanece. En medio de la complejidad y la incertidumbre, su esencia se mantiene intacta, fuerte, un símbolo de esperanza.

 

Las noches más oscuras son, a menudo, preludio de amaneceres gloriosos. En cada rincón de Venezuela, susurros de belleza resuenan. Los valles fértiles, las montañas majestuosas, el calor humano de su gente son manifestaciones de la promesa de un futuro mejor. La figura de María Lionza, erguida y poderosa, desafía la adversidad, recordándonos que la verdadera belleza reside en la capacidad de levantarse y evolucionar, de respetar nuestra propia naturaleza y elevarla a su esplendor.

 

Este homenaje a la majestuosa escultura no es solo un tributo a lo que fue, sino una celebración de lo que aún podemos ser. En medio del caos, hay color, amor y paz por descubrir. Hay espacio para encuentros y diálogos que fortalezcan la unión. Es el momento de reconstruir, de transformar dolor en arte, de hacer de nuestras dificultades oportunidades para florecer.

 

María Lionza, la Diosa que ha resistido las tempestades, personifica la esperanza inquebrantable de un mañana vibrante y lleno de posibilidades. En su esencia, encontramos la fuerza para seguir adelante, para proteger la belleza de nuestra tierra y de nuestro ser. Nos recuerda que, aunque el poder pueda herir, la cultura, la identidad y el espíritu nunca se extinguirán. Y así, en este cuento onírico, nos inspira a soñar con un porvenir donde la luz siempre prevalecerá sobre la oscuridad.

Dill Rodrigo

Ambos seres habitan el umbral: uno emerge cuando el deseo exige cuerpo, el otro cuando la identidad se reconoce múltiple. No representan el mal ni la contradicción, sino el tránsito: ese instante en que lo invisible comienza a tomar forma.

Umbral del deseo (demonio rojo)

Este demonio rojo pertenece a una estirpe primigenia, nacida antes de los dioses y de los nombres. No reina ni obedece: habita los márgenes, allí donde el deseo toma forma. Su sangre no anuncia violencia, sino tránsito; una señal de que todo cruce entre mundos deja huella. Aparece cuando el deseo deja de ser pensamiento y exige ser encarnado.

Umbral del rostro (ser de dos rostros)

Este ser mitológico nace desdoblado. Un rostro mira el mundo visible; el otro, oculto, observa lo que se rehúsa a ser nombrado. No son opuestos, sino tensiones necesarias: avance y memoria, presencia y resto. Camina con ambos activos, recordando que toda identidad es doble y que ningún rostro existe sin su reverso.

Sebastián Prado

Wekufe

Esta serie fotográfica explora el cuerpo masculino como espacio de manifestación del wekufe, entendido no como figura externa, sino como fuerza caótica que irrumpe desde el deseo, la materia y la perturbación. El ejercicio se sitúa en el cruce entre ritualidad contemporánea y reflexión crítica sobre el cuerpo como territorio simbólico.

Los accesorios —arneses de cuero, collares con argollas, cadenas y metal— operan como dispositivos rituales: tensan, sujetan y activan el cuerpo, desplazándolo hacia un estado liminal. La desnudez parcial y la postura oscilante entre abandono y control construyen una corporalidad que no busca representación, sino presencia. El humo, como aliento y rastro, introduce una dimensión espectral que desdibuja los límites entre lo terrenal y lo espiritual.

Desde esta perspectiva, el erotismo funciona como gesto político. El wekufe emerge allí donde el deseo desarma las lógicas normativas del cuerpo disciplinado, activando una potencia incómoda y no domesticable. La obra no ilustra una mitología: la actualiza en el cuerpo, favoreciendo su circulación en el presente.

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