No es un dulce lo que se ofrece, sino un pacto silencioso, un pequeño secreto de goma, La dulzura no es el fin, sino el medio; el eco de un deseo que se rinde sin preguntas, donde el juego ya no es juego, sino una forma de ser, de fusionarse en un mismo sabor. Es la consumación de una espera, un encuentro donde no existen dos, solo un instante efímero y compartido que se disuelve en un eco de placer.
Comer y jugar son experiencias donde el goce es clave. El goce, hermano del placer se reúne en esta propuesta de doble exposición desde la intimidad del dormitorio, como un fugaz recuerdo del auto placer que se hace público