Este ejercicio propone explorar la relación entre la palabra y la imagen, entendiendo ambas como lenguajes capaces de complementarse sin necesidad de explicarse literalmente. La invitación es trabajar desde un texto previo como punto de partida, dejando que sus ideas, sensaciones, silencios y tensiones funcionen como detonadores para la creación visual.
A partir del intercambio de textos entre los integrantes, se busca construir una obra que no ilustre lo escrito, sino que dialogue con su atmósfera y encuentre una interpretación propia. El desafío está en atravesar ese umbral entre palabra e imagen, permitiendo que ambas se encuentren, se tensionen y se expandan mutuamente desde lo poético, lo metafórico y lo conceptual.
Serie «Centello»
Técnica fotografía digital.
Ricardo Luna.
Ecuador.
“El abandono del cuerpo no siempre deja heridas visibles. A veces ocurre en silencio, cuando dejamos de escucharlo para responder a las exigencias del mundo. Aprendemos a exigirle más de lo que puede dar, a ocultar el cansancio, a contener el llanto y a ignorar el deseo. Poco a poco, el cuerpo deja de ser un hogar para convertirse en una herramienta.”
Hay herencias que no llegan en las manos, sino en la garganta. Aprendemos temprano a pronunciar el silencio como si fuera una forma de pertenecer. Con el tiempo descubrimos que la obediencia también deja cicatrices invisibles: no porque prohíba el deseo, sino porque le enseña a desconfiar de sí mismo. A veces crecer consiste en atravesar un umbral donde la culpa ya no encuentra un cuerpo dispuesto a cargarla. Lo que queda del otro lado no es una certeza, sino una voz que apenas comienza a reconocerse. Quizá toda memoria sea eso: el eco de aquello que sobrevivió sin permiso.
El erotismo masculino representa una forma sublime en que el hombre trasciende la simple biología, elevando el instinto sexual a una experiencia cargada de significado, arte y memoria. No se trata solo de la gratificación física inmediata, sino de un diálogo profundo entre cuerpo y alma que desafía la mecánica natural. En cambio, la pornografía reduce el eros masculino a la pura manifestación mecánica del organismo, despojándolo de su dimensión emocional y simbólica. Mientras el erotismo invita a la contemplación y a la conexión auténtica, la pornografía confinada al instante y la evidencia anatómica, carece de la riqueza que otorga la imaginación y la sensibilidad. Así, el verdadero eros masculino es una expresión de trascendencia, un motor que impulsa la creatividad y la profundidad humana, lejos de la mera repetición automática del acto biológico.
El texto de Oscar me llevó a pensar en la memoria del contacto no como nostalgia, sino como una evidencia física que permanece en el cuerpo. En Goteo, Ardo y Fluyo, interpreto ese rastro como mancha, corte, tensión e hilo: algo que atravesó el cuerpo y quedó adherido a él. La obra no representa el encuentro, sino aquello que permanece después.
Ficha técnica
Marco Caridad
Goteo, Ardo y Fluyo, 2026
Acrílico, lienzo cortado e hilo blanco
80 × 83 in
Serie: El cuerpo del lenguaje
En el afán por fijar el pulso de una experiencia vital, la imagen se apodera de sí, perdiendo la facultad de habitar lo involuntario y de beber sus misterios amurrados. El hormigueo se confunde en un torrente que ahoga párpados culposos y perfora talones de travieso iluminar. El flujo quema. De la dulce herida brota esa conciencia jugosa de relamida melancolía, que se ríe y garabatea con balas cristalinas una torpeza ancestral. Hasta que, infame, despierta en el recóndito orificio que hierve inmaculado de azotes y que palpita coqueta la impermanencia focal de su mueca insidiosa.
Las prohibidas
Toda palabra es una orden que alguna vez olvidó quién la pronunció.
Nombrar parece inocente, pero cada nombre levanta un límite: esto pertenece, aquello queda afuera; esto puede decirse, aquello debe permanecer oculto. Con el tiempo, repetimos esas fronteras hasta confundirlas con nuestra propia voz.
¿Qué ocurre cuando una palabra deja de obedecer? Cuando se desprende de su significado, cruza hacia otra lengua y regresa convertida en una extraña.
Tal vez el cuerpo también sea una traducción incompleta: una frase corregida por otros, un mandato heredado, una pregunta que todavía busca cómo pronunciarse.
Entre lo dicho y lo callado existe un territorio sin dueño. Allí, cada certeza pierde su nombre.
Para entrar, no hace falta comprender.
Solo dejar de responder cuando alguien nos dice quiénes debemos ser.
A partir del texto enviado por Misael Carpio, me propuse regresar al videoarte, aunque el primer impulso fue realizar fotografía. Cuando ahondé en las palabras de Misael, solo podía relacionar las sensaciones que se producían en mí, desde el recuerdo más íntimo que puede experimentar un ser humano cuando ha logrado fundirse en cuerpo y alma con otro ser. Esa memoria se vuelve poderosa, intermitente, casi espasmódica e incluso dudosa. Por eso preferí recurrir a la imagen en movimiento, pues en este caso, porque este formato, se acerca más a un recuerdo compartido y le permite al otro imaginar, eso que no se alcanza a poner en palabras.
La saliva se convierte en una metáfora táctil de la pasión o del agotamiento, un punto de contacto que nos acerca peligrosamente a la experiencia del sujeto. No hay artificio, solo la verdad desnuda de la carne. Y en esa superficie, un detalle rompe la monotonía de la piel, parece invisible.
Las palabras tienen cuerpo. Se pronuncian, se repiten, se rozan entre sí hasta perder su forma. Algunas permanecen adheridas a la piel, a nuestros recuerdos; otras se evaporan antes de llegar a ser dichas o antes de ser oídas.
Cada vez que decimos una palabra, lo hacemos para nombrar aquello que somos, lo que deseamos, aquello que intentamos retener. Por eso repetimos una y otra vez los nombres, tu nombre, el mío.
Las palabras fluyen buscando un otro en quien reconocerse. O encontrarse. Por eso, pueden ser refugio, pero también interferencia; pueden acercarnos o construir un abismo de distancia.
Y cuando finalmente el significado se pierde, solo quedan el sonido, la respiración, y el cuerpo, último lugar donde las palabras permanecen.
El cuerpo no tiene forma propia: es materia indefinida que ocupa contextos. A veces estos son contextos de vigilancia, por ejemplo machista, y es lo único que lo define — así somos indefinibles hasta que el sistema nos nombra. Esta obra se pregunta cómo responde ese cuerpo a ese espacio de vigilancia, y de qué manera, a su vez, crea espacios de libertad —el espacio íntimo, el cuerpo desnudo— para no renunciar a ella. Esta respuesta es política en tanto reclama qué territorios epistémicos recordamos en la memoria de nuestro cuerpo, y cuáles decidimos habitar de otro modo.
La piel ha perdido su nombre.
El frío no llega desde afuera: nace adentro, en ese hueco donde antes latía algo que se sabía propio.
Las manos tocan el cuerpo y encuentran sólo superficie, ninguna certeza. Y en ese silencio que pesa como agua estancada, algo se disuelve (el nombre, el rostro, el recuerdo de haber sido alguien), hasta quedar solo el temblor de una respiración que ya no sabe a quién pertenece.
Se alzan oraciones y cánticos que parecen provenir de una profundidad oscura y atrayente. Manos que piden volver, ojos que quieren dejar de ver. Es una trampa.
No sabemos quiénes son, adónde fueron, qué hacen ahí ni si es posible volver. Quizá nunca lo sabremos. Cuando uno se da cuenta de lo que significa la eternidad, existir se vuelve un tártaro. El tiempo empieza a doler y desesperar. Es un gran espera.
Así como los anillos del tronco de los árboles, el cuerpo también puede dar pistas del tiempo. Pero ¿qué sucede cuando el cuerpo es sometido a la infinitud?
Durante mucho tiempo creí que la libertad vivía en todos los caminos abiertos. Pero existen presencias que convierten la elección en un umbral. Comprendí entonces que el vértigo no nace de perder posibilidades, sino de aceptar que toda entrega transforma aquello que somos. Quizá el verdadero umbral no sea elegir, sino tener la valentía de permanecer.