Este ejercicio propone trabajar el color como elemento dominante de la imagen, partiendo de uno de los colores primarios —rojo, azul o amarillo— acompañado únicamente por blanco o negro y por uno de sus tonos análogos.
La propuesta busca ir más allá de una elección estética y pensar el color desde su dimensión simbólica, cultural y personal. El desafío está en construir una imagen donde esa elección cromática tenga una intención concreta y aporte sentido a la obra, generando una relación entre cuerpo, composición y significado.
El cuerpo no solo habita el espacio; guarda y traduce sus propios pulsos. En esta obra la pintura deja de ser un mero pigmento aplicado desde la distancia para convertirse en la huella viva de una presencia. Aquí, la anatomía se transforma en herramienta, matriz e instrumento de transmisión.
A través del acto ritual , el gesto pictórico abandona la mediación del pincel tradicional para imprimirse mediante el contacto, la presión y la fricción del propio cuerpo. Es un ejercicio erotico de entrega donde la epidermis deposita su memoria sobre la superficie: el peso de un movimiento o la cadencia de la respiración quedan suspendidos en capas profundas de azul y sombras violentas.
En esta atmósfera nocturna y abismal, emergen formas y destellos luminosos —cometas, pupilas u orbes cósmicos— que funcionan como testigos del roce original. Cada mancha es la impronta de un impulso; cada matiz, registra una fuerza corporal que se desprende del creador y pasa a habitar el lienzo.
Esta obra nos invita a contemplar la pintura no como una representación estática, sino como la resonancia tangible de un encuentro: el instante exacto en que el cuerpo se ofrece como puente y la materia absorbe el aliento de la gestualidad.
De la serie surrealista cabeza e guebo, la obra materializa la noción de la sexualidad masculina no como un acto íntimo, sino como un monumento público y sagrado. Al erigir el falo como un tótem monumental sobre el cual los cuerpos orbitan y trabajan, se problematiza la centralidad del deseo en la construcción de la identidad masculina. A pesar de la multiplicidad de figuras, no hay interacción afectiva entre los individuos; cada uno está absorto en su propio ascenso. Esto refleja la alienación del sujeto contemporáneo, donde el deseo compartido no genera comunidad, sino una suma de soledades que compiten por el mismo símbolo de poder.
¿Alguna vez han pensado, que cada vez que intentamos volver a encontrar un amor es como si fuéramos un gato rescatado (algunas veces tuerto o maltratado), que nos ofrecemos en adopción para que alguien nos quiera dar amor?
Cada vez que trato de conocer a alguien nuevo, que trato de darme una oportunidad en el amor, suelo lanzarme con todo. Y yo, ofrezco todo, muestro todo. Tiendo a desarmarme y a mostrarme vulnerable, para que me conozcan, para que me quieran y para que esas personas se sientan en confianza. Pero algunas veces esos intentos no resultan como queríamos y nos destruyen, nos hacen daño y hasta morimos.
Pero así como los gatos tienen varias vidas, nueve según los egipcios que fueron los que les otorgaron primero esa capacidad mística, los seres humanos también tenemos esa capacidad de renacer y volver a empezar una nueva vida.
Estas obras muestran a un Yuyo que se desnuda y se pone una estructura que hizo de alambre para protegerse un poco, porque aún tiene un poco de miedo de ponerse en adopción. Es un performance de un gato en una vitrina de adopción que mira con miedo a quienes lo ven, son unos retratos que quieren dejar a un lado ese miedo y ese pudor que se siente cómodo, y son unas ilustraciones que romantizan el proceso dándole un poco de inocencia.
Técnica mixta
Dimensiones de las ilustraciones 14×14 cm, tinta sobre papel acuarela y collage
Dos criaturas se encuentran en una escena teñida de rojo. Uno tiene la cabeza de cordero, parece estar acechado por su propia sombra. El otro se alza por detrás y desde dentro de su cabeza de fauces sostiene una mirada fija y encendida.
Óleo sobre marouflage de papel en tela
65 x 42 cm
Los rituales traducen lo invisible en gesto. Este desnudo ficcionalizado por el color cita, de espaldas, a un Cristo crucificado, pero desplaza el sacrificio hacia la naturaleza como testigo y fondo — un gesto que roza la cristiandad sin serlo, más cercano a la cosmovisión andina, donde la naturaleza misma es deidad y el cuerpo se ofrece en contacto directo con ella. La sangre fluorescente sobre espalda y cola vuelve pigmento el fluido corporal: el sacrificio se hace pintura. El título traslada ese ritual del espacio colectivo al psíquico, invitación a descender al fondo de una mente.
La obra nos presenta la interacción de una pareja que desafía los límites formales de la representación sexual, cuerpos dorados por el amarillo de un falso marco que pretende encuadrar la apertura de su acto compartido.
Construyendo esta serie, recordé la obra de Caspar David Friedrich «El caminante sobre el mar de nubes», salvando las diferencias, claro. Acá nuestra visión es frontal. Acá nos encontramos con un cuerpo que ya ha comenzado a desnudarse, y en la secuencia, el protagonista termina erguido tras sentir su propio aroma. Los papeles blancos rasgados simulan acaso ser una niebla espesa. La calidez de los amarillos de fondo contrasta con la frialdad del cuerpo impreso en blanco y negro. Piel y color dialogan en un escenario surrealista.
Collage, Técnica mixta.
Fotografía impresa en inyección de tinta (inkjet), tiza pastel, cartulina, papel común, papel manteca y barniz mate.
Políptico de 3 piezas de 21 x 29,7 cm cada una.
«Desayuno» es una provocación visual que transforma la naturaleza muerta en un escenario de ironía, erotismo y doble sentido. A través de una atmósfera estridente en amarillos, negro y blanco, subvierte la aparente inocencia de la primera comida del día. El plátano o cambur central, con una evidente tensión fálica, dialoga con un ojo vigilante que emerge de la penumbra, transformándonos en testigos de un secreto. Llamar a este lienzo «Desayuno» es un sutil chiste negro. Aquí no se nutre el cuerpo, sino que se alimentan los apetitos y deseos ocultos. ¿Desayunamos?
Usando como referencia el dibujo de Francisco de Goya, Esto es peor, decido hacer el retrato de un auto-empalamiento fotográfico, para así tener el atrevimiento de decir, Esto también es peor:
Roja es la tela que esconde mi rostro, roja es la herramienta con la que acabé.
Yo mismo me hice esto, yo soy el único culpable de mi sesgo.
Rojo es el líquido que mancha mi piel, rojo es el intento de escape de mi cuna.
Con esta imagen me propongo confrontar dos elementos y múltiples simbologías que entran en tensión.
Atrás, el grafitero. Parado de frente, sin máscara, con furia. No hay sonrisa, no hay performance. Es la postura del que cuida su esquina. El cuerpo rígido, preparado para defenderse o para huir, la mirada escruta y advierte. Es peligro real, no estilizado.
Adelante, superpuestas como un vidrio roto, sus las letras wildstyle en negro. Incomprensibles, enredadas, agresivas. El wildstyle no está hecho para ser leído, está hecho para que no lo puedas ignorar. El color amarillo que transita hacia el verde, se desliza en lines organicas desde su cuerpo y se integra a las letras, es una metafora de la señalización de los hombres trabajando en la calle, sirve de alerta. El negro de las letras es la noche, es pandilla, es peligro.
El actuar de este hombre deja huella en el espacio público, se apropia de él sin comprarlo y sin pedir permiso. Deja su presencia advertida con sus trazos. Contamina el espacio blanco, lo «ensucia» para marcarlo. Pero ese mismo blanco lo delata, lo expone.
Permanece sentado, inmóvil, atrapado en el recuerdo de alguien que ya no está. Cierra los ojos e intenta reconstruir su presencia: el peso de su cuerpo, el contacto de sus manos, la cercanía de su piel. La ausencia se vuelve física y el deseo comienza a ocupar el espacio vacío.
Poco a poco, aquello que recuerda parece materializarse. El cuerpo amado vuelve a aparecer junto al suyo, se entrelaza con él, lo toca y se deja sostener. Por un instante, la distancia desaparece y ambos vuelven a compartir el mismo espacio, como si el recuerdo hubiera conseguido transformarse en presencia.
Pero no sabemos si ese encuentro realmente ocurre o si pertenece únicamente a su imaginación. Tal vez el otro nunca regresó. Tal vez permanece allí solamente porque quien añora se niega a dejarlo ir. La imagen queda suspendida en ese límite entre recuerdo, deseo y realidad.